
Por Adalgisa Corcino
Como si se tratara de una película de terror, el pasado 8 de abril del 2025 arrancó de raíz la felicidad propia de la infancia y la adolescencia. Un total de 174 niños y adolescentes perdieron a sus padres entre los escombros del tradicional Jet Set Club, donde el lujo, la opulencia y las élites no escaparon al infortunio ni a las consecuencias de una presunta irresponsabilidad empresarial.
Aquel suceso no solo derrumbó una estructura física, sino también los sueños de 234 familias, reduciéndolos a polvo, silencio y ausencia.
Durante años, hablar del Jet Set era sinónimo de glamour y éxito. Sin embargo, hoy, detrás de ese disfraz de abundancia, emerge una realidad desgarradora: los “huérfanos del Jet Set”. No se trata de huérfanos tradicionales. Muchos pertenecían a familias acomodadas; otros, en menor medida, provenían de hogares humildes o de clase media que, por diversas razones, formaban parte de ese círculo social.
Hoy, todos comparten una misma tragedia.
A dos meses y diez días del hecho, urge reflexionar sobre las secuelas afectivas, educativas y emocionales. Son hijos de empresarios, figuras públicas, influencers y trabajadores que, aunque rodeados de privilegios, ahora enfrentan un futuro incierto. Algunos crecerán bajo el cuidado de tutores o en internados; otros, menos favorecidos, quedarán expuestos a las limitaciones del sistema público.
Las comodidades se han congelado. La estabilidad emocional se ha quebrado.
Sus padres —sus principales referentes— ya no están. Y con esa ausencia repentina y brutal, la cotidianidad cambió para siempre. Se impone una paradoja cruel: abundancia material frente a un vacío emocional irreparable.
Antes vestían ropa de diseñador, viajaban a destinos como Disney, Miami o Europa, celebraban cumpleaños memorables y asistían a centros educativos exclusivos. Hoy, han perdido lo esencial: el abrazo nocturno, el consejo oportuno, la presencia insustituible.
Ya no habrá cuentos antes de dormir, sino silencios incómodos, videollamadas intermitentes o promesas institucionales que difícilmente llenan el vacío.
Mientras tanto, desde el Estado llegan comunicados formales, discursos protocolares y condolencias que, aunque necesarias, resultan insuficientes ante la magnitud del dolor. Ningún mensaje oficial sustituye el amor perdido.
Queda una pregunta latente: ¿quién representará a estos huérfanos? ¿Quién garantizará su bienestar integral, su estabilidad emocional, su desarrollo futuro?
No hay demanda judicial ni proceso legal capaz de devolverles el hogar que perdieron. Ese refugio que desapareció en una noche marcada por la tragedia.
El daño, además, no siempre es visible. Muchos de estos niños y adolescentes podrían desarrollar ansiedad, depresión o desconexión emocional. Y aunque se disponga de psicólogos o terapeutas, el afecto no se delega, ni el amor se reemplaza con agendas de intervención.
Esta forma de orfandad es particularmente compleja. Abarca desde la niñez temprana hasta la adultez joven, y plantea desafíos profundos que requieren algo más que respuestas momentáneas.
Se necesita una transformación real: revalorizar el tiempo, la presencia, los vínculos auténticos.
Los huérfanos del Jet Set no necesitan más lujos. Necesitan amor, acompañamiento, límites sanos y un entorno emocional seguro. Necesitan ser vistos como seres humanos, no como herederos ni cifras.
Urge la implementación de políticas públicas eficaces, sustentadas en el Código de Niños, Niñas y Adolescentes (Ley 136-03) y la Constitución dominicana, que garanticen sus derechos fundamentales y les permitan reconstruir sus vidas.
Porque quizá, el verdadero lujo —el que nunca debió faltar— no era el dinero, sino el tiempo compartido, el afecto genuino y la presencia de quienes hoy ya no están.
Y eso… no hay fortuna que pueda comprarlo.
La inocencia hoy tiene rostro de olvido… y un profundo dolor.