Hace unos días, la comunidad quedó consternada cuando una joven de 13 años perdió la vida a manos de su propia hermana. La menor llevaba conviviendo con un hombre de 20 años, lo que expone de manera dramática cómo los adolescentes pueden quedar atrapados en relaciones peligrosas por la falta de orientación y cuidado en el hogar.

Este caso refleja un problema que va más allá de la ley: la vulnerabilidad de nuestros niños y adolescentes cuando crecen en familias desestructuradas o con conflictos sin resolver. Expertos coinciden en que la falta de supervisión, la presión de la vida adulta y los conflictos familiares pueden llevar a desenlaces trágicos como este.
La sociedad y las autoridades deben abrir los ojos: estas historias no son solo números. Cada adolescente necesita protección, guía y acompañamiento, antes de que situaciones de abuso, celos o conflictos internos escalen hasta terminar en tragedia. Este caso nos recuerda que no basta con leyes, hace falta corazón, presencia y acción en la vida de los jóvenes.
Es un llamado para todos: vecinos, familiares y comunidades, que los niños no crezcan solos ni expuestos, porque la indiferencia puede costar vidas. La protección de nuestros adolescentes es responsabilidad de todos, y la prevención empieza en casa.

